Un año en la vida de los tilos de la Estación – episodio 6: Último capítulo

TEMPORADA 1. “UN AÑO EN LA VIDA DE…: LOS TILOS DE LA ESTACIÓN”

CAPÍTULO 6. ÚLTIMO CAPÍTULO

El 2018, el año de nuestros tilos, terminó como todos, entre algarabía, estruendo de petardos y cohetes, besos y abrazos. Mientras sonaban las 12 campanadas que daban paso a un nuevo año, nuestros protagonistas, ya completamente deshojados y durmientes, eran ajenos a nuestra costumbre de colocar el cuentavueltas de la Tierra alrededor del sol 10 días después del solsticio de invierno.

Bueno, realmente, en esta época “entre-años” son ajenos a todo, están “cerrados por invierno”, como vimos en el capítulo anterior. Sin embargo, aunque la vida se haya tomado un descanso en el interior de sus ramas, su tronco y sus raíces, esta sigue bullendo en cada centímetro de su superficie.

Resulta reconfortante encontrar líquenes junto a tu lugar de trabajo, ya que su presencia nos envía un mensaje claro: “El aire que respiras es de buena calidad”

Para empezar, gran parte del tronco está tapizado del verde esmeralda del musgo, la primera planta que colonizó la tierra firme hace 500 millones de años, que busca la humedad de su corteza y la sombra de sus ramas y hojas. Y es que ser tan veterano tiene sus contrapartidas. Para empezar el musgo carece de una piel que mantenga su agua corporal en su interior, aún la evolución no la había “inventado”, lo que le obliga a crecer en sitios frescos y sombríos para no morir deshidratado. Por eso su lugar favorito en nuestros tilos es la cara norte del tronco, la más sombría, característica que le ha conferido el carácter de “brújula natural” que todos conocemos.

Líquenes y musgo compartiendo tronco

Además, como bien sabemos, los musgos no tienen flores, hace 500 millones de años la evolución no estaba en esas cosas y los seres vivos se reproducían fusionando células específicas de cada sexo, es decir, espermatozoides y óvulos, igual que hacemos los animales. Por eso le gusta tanto al musgo el tronco vertical de nuestros tilos, ya que cada vez que llueve, este recoge el agua captado por las ramas que bajará resbalando por él hacia el suelo y esas microgotas serán Pipeline, la ola de Mundaka o nuestra autóctona Vaca para sus espermatozoides surfers que, con la ayuda de sus 2 colas, las surfearán hasta encontrar la entrada a un arquegonio, el útero del musgo femenino en el que espera paciente el óvulo para ser fecundado. De esta fusión de gametos nacerá un rabito rematado por una cápsula repleta de esporas, el esporófito, que, al resquebrajarse, dispersará estas esporas por el medio y al germinar originarán lo que todos conocemos por musgo, es decir, gametófitos de musgo. El que todos conozcamos por musgo al gametófito del mismo es consecuencia de que hace 500 millones de años la evolución estaba en pruebas con el nuevo medio de reproducción y dispersión del reino vegetal, las esporas, y por ello el esporófito aún aparecía tímidamente en su ciclo vital. Las pruebas fueron todo un éxito, de modo que lo que conocemos por helechos, el siguiente hito en la historia evolutiva del reino vegetal, son los esporófitos de los mismos, quedando su gametófito, una especie de minicorazón semienterrado, relegado a un plano secundario.

Junto a la mancha verde del musgo se extiende otra también verde pero más pálida correspondiente a los líquenes incrustados que han encontrado en la centenaria corteza de nuestros protagonistas su hábitat perfecto, y es que los árboles maduros presentan unas condiciones físico-químicas en su corteza muy del agrado de estos organismos.

Resulta reconfortante encontrar líquenes junto a tu lugar de trabajo, ya que su presencia nos envía un mensaje claro: “El aire que respiras es de buena calidad”, porque los líquenes, esa íntima alianza entre hongo y alga, resisten como nadie a la sequía, al frío, al calor, ¡incluso al vacío del espacio exterior! pero lo que no soportan es la contaminación atmosférica, concretamente los compuestos del azufre y el nitrógeno que se emiten por las chimeneas de las fábricas y los tubos de escape de nuestros coches y camiones. Por eso, aunque cubren el 10% de la superficie terrestre, difícilmente veremos líquenes en las ciudades.

Caracol sobre la fina capa de agua del tronco

El rotundo éxito evolutivo de esta simbiosis entre alga y hongo radica en el perfecto entendimiento entre las 2 partes, el alga, como planta que es, tiene el poder de fabricar azúcares, comida, con la única ayuda de luz solar, CO2 y agua, pues bien, parte de esos azúcares serán el sustento diario del hongo, que hinca unos tubitos a modo de pajita, los haustorios, en el interior del alga para sorber su ración de comida. A cambio y como agradecimiento, el hongo envuelve con su cuerpo al alga para que esta pueda sobrevivir lejos de su natural hábitat acuático, hasta el punto de que el alga pierde su rigidez característica de planta, se desprende de su dura pared celular y se entrega a la forma que el hongo dicte que es la más adecuada para sobrevivir, en este caso, sobre el tronco de un tilo centenario.

Tanto el musgo como los líquenes agradecen la humedad que recolecta el tronco, pero no son los únicos. Las estrías que evidencian la edad de los tilos, como lo hacen las arrugas sobre nuestro rostro, se alían con la tensión superficial del agua para atraparlo y conservarlo incluso varias horas después de que haya dejado de llover, de modo que aunque no esté cayendo agua sobre nuestras cabezas, si nos acercamos al tronco veremos que este está forrado por una fina película húmeda, que a nuestros ojos parecerá un leve tul pero que a una escala más diminuta es un auténtico humedal por el que campan a sus anchas unos caracolillos de concha alargada que establecen una leve simbiosis con los tilos, limpiando la corteza de partículas orgánicas que para ellos son un suculento manjar.

Por los microdesfiladeros que conforman esas estrías corretean también hormigas, arañas, escarabajos… buscando comida, al igual que los caracoles, sin saber que ellos mismos pueden ser el bocado de agateadores europeos, petirrojos, chochines, pinzones, carboneros o herrerillos, todos ellos insectívoros en mayor o menor medida y que no cesan de saltar de rama en rama en busca de sus presas, llenando el aire de notas musicales con sus reclamos.

Sin embargo, cuando se pone el sol y estos pequeños pájaros descansan, las desnudas ramas son ocupadas por un cazador absolutamente silencioso y por ello implacable, la lechuza, que encuentra en la copa deshojada el apostadero ideal para acechar a los incautos roedores que nunca saben cuando se cernerá sobre ellos la definitiva sombra blanca.

Setas de Coprinellus junto al tronco

Por último, si miramos hacia el suelo vemos que junto al arranque del tronco aparece un grupo numeroso de setas del género Coprinellus. Estas setas son el cuerpo fructífero del hongo, es decir, el órgano encargado de dispersar las esporas para que la especie se reproduzca y así se disperse en el tiempo y en el espacio. El cuerpo del hongo, el micelio, corre bajo tierra formando una auténtica urdimbre de finos “cables” que conectan con las puntas de las raíces del tilo para formar lo que se llama una micorriza, el origen de una maravillosa simbiosis en la que el árbol proporciona al hongo azúcares, al igual que hacía el alga del liquen, y a cambio el hongo le aporta al árbol los minerales que este necesita y que no sabe o no puede arrancar del suelo. De hecho se cree que esta alianza fue fundamental para que las plantas colonizaran definitivamente el medio terrestre, ya que en el medio acuático los minerales se encuentran disueltos en el agua y son de fácil absorción, pero en el medio terrestre es necesario movilizarlos, “despegarlos” de la matriz pétrea o terrosa en la que se encuentran, y eso lo saben hacer los hongos.

En definitiva, sobre este par de sarmientos de apariencia tan lejana a la vida, esta se torna omnipresente tal y como decíamos al comienzo del capítulo: Hongos, líquenes, briófitos, moluscos, insectos, arácnidos, aves, mamíferos… encuentran su momento y su lugar y aparecen ante nuestros ojos en un vistazo somero. Vida sobre vida. La vida como escenario de más vida y como argumento de una historia, que ha sido la historia del año número 116 de nuestros insignes, callados y nobles vecinos, que hemos intentado relatar y explicar lo mejor posible y que esperamos que hayais encontrado interesante porque, ¿quién dijo que la vida de un árbol es aburrida?

Aquí termina nuestra historia pero los tilos seguirán ahí, firmes y verticales, por lo que si algún día os acercais a Puente Viesgo podreis disfrutar de su compañía como lo hacemos nosotros cada día.

 

¡Hasta pronto!

 

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